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Viernes, 04 de Diciembre de 2009 11:27    PDF Imprimir E-mail
Honduras y la lucha de clases
Artículos de Andrés Abreu

Si hay una cosa en la que el filósofo alemán Carlos Marx no se equivocó, fue en establecer que existe en la sociedad una lucha de clases y que ésta es la partera de la historia.
En todas las sociedades a través de los siglos han existido los de arriba y los de abajo: los amos y los esclavos, los feudales y los siervos, los burgueses y los proletarios, y en el concepto más sencillo los ricos y los pobres.

La lucha de los de arriba por subyugar a los de abajo y la de los de abajo por quitarse de encima el zapato de los de arriba, es la historia de la humanidad.
Así en esa lucha, cada quien ve las cosas diferentes y las interpreta de la manera que le enseñaron a interpretarlas y de la manera que le conviene verlas.
Un viejo refrán campesino lo sintetiza en pocas palabras: “una cosa piensa el burro y otra el que lo monta”.
La política es el ring donde se lleva a cabo la lucha de clases, y la lucha política se libra en las campañas electorales, pero otra veces se libra en las calles y con las armas.  Cuando las clases dominantes sienten su poder en peligro levantan la mesa y acaban el juego.
Eso ocurrió con el golpe de estado en Honduras y se ratificó ayer cuando el Congreso de ese país decidió no restituir en sus funciones al depuesto presidente Manuel Zelaya.
En Honduras existe una oligarquía terrateniente y una clase empresarial dividida entre exportadores e importadores, productores industriales y comerciantes.  Estos representan menos del 10 por ciento de la población y concentran casi el 50 por ciento de la riqueza del país.
Hay una clase media que vive en las zonas urbanas de Tegucigalpa y que ocupa las posiciones ejecutivas y de servicios administrativos en las oficinas y empresas.  Esta representa aproximadamente el 15 por ciento de la población. 
Mas abajo, hay una clase obrera que vive con menos de un dólar al día y que trabaja en el campo y las industrias, y representa el 40 por ciento de la población.  Y mas abajo del pozo hay un 37 por ciento de hombres y mujeres desempleados que se despiertan cada mañana sin saber dónde van a conseguir qué comer y cómo alimentar a sus hijos.  Son la masa del subempleo, que hace cualquier cosa para vivir, como limpiar los autos en las calles, vender golosinas, recoger desperdicios de metal para venderlos, etc, etc.
Según la CEPAL más del 50 por ciento de los hondureños vive por debajo del nivel de pobreza.
Esa masa pobre, como ocurre en todos los países subdesarrollados del continente americano, tiene como válvula de escape a su desesperada situación, la emigración hacia los países ricos, especialmente Estados Unidos.  Una vez establecidos en el gran país del norte, envían dinero para socorrer a sus familiares que dejaron en Honduras, y como son muchos, cerca de un millón, esas remesas significan una parte importante del ingreso nacional, un cuarto del Producto Interno Bruto.  De ese ingreso se benefician las empresas importadoras, las productoras y procesadoras de productos agrícolas, los comerciantes y hasta los pobres que venden golosinas y pasteles en las calles.
El gobierno de Honduras ha sido siempre el patrimonio de la clase dominante.  Mediante su control ésta maneja las leyes a su beneficio y se enriquece evadiendo responsabilidades fiscales y guardando en sus bolsillos lo que la gran masa del pueblo paga al erario público.  Cualquier intento de despojarla de esa mina es un atentado contra su vida como clase gobernante.
Para garantizar el dominio del estado, la clase dominante hondureña, que es atrasada y no tiene todavía los conceptos básicos de la democracia capitalista, cuenta con los poderosos recursos de los medios de comunicación.  Gracias a estos y a la desesperación por una solución a la crisis, el pueblo hondureño votó en una mueca de elecciones que no fueron mas que una legitimación del poder de la clase oligarca por encima de la voluntad popular y de los principios democráticos.
La clase dominante hondureña logró zafarse de la amenaza que representaba Manuel Zelaya, pero no se da cuenta de que éste (Zelaya) era solo el producto del recrudecimiento de la lucha de clases que está viviendo Honduras y que ellos tendrán que enfrentar en no mucho tiempo.
No sabe que los programas de Zelaya para reducir la pobreza representaban un alivio en la tensión que existe en el país, y que probablemente sin estos, ya Honduras hubiera estado desde hace tiempo ardiendo en una caldera social.
Si la derecha política en Honduras quiere mantener el poder, tendrá que seguir los pasos de Zelaya en cuanto a las ayudas a las clases mas pobres.  Si de lo contrario pretende mantener su tradición de explotación e indiferencia ante la pobreza, se tendrá que enfrentar a muchos “zelayas” con sobreros y sin corbata, pero si con piedras y palos en las manos, desesperados y dispuestos a encontrar una salida a la situación de hambre y miseria, como lo han hecho en la historia los que ya no tienen nada que perder.



 

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