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Martes, 20 de Octubre de 2009 14:13    PDF Imprimir E-mail
En Afganistán puede que sea demasiado tarde
Artículos de Andrés Abreu

Cuando se produjo la invasión Soviética a Afganistán en 1979 los gobiernos norteamericanos de Ronald Reagan y George Bush se dedicaron a darle soporte a los grupos rebeldes que luchaban contra el invasor polar. Así las llamados Muyahadines y los que luego se constituyeron en talibanes recibieron millones de dólares y armas de parte de la CIA para su causa. Uno de los mas destacados “luchadores” en ese conflicto fue Osama Bin Laden. 
Cuando los rusos perdieron la guerra y con ella sus fondos, Afganistán quedó en manos de los grupos talibanes, los cuales son y todo el mundo lo sabe, extremistas musulmanes para quienes las enseñanzas de Mahoma, en sus versiones mas primitivas, deben regir desde la forma de vestir y comer hasta la de gobernar y hacer el amor. 
Ese régimen Taliban proscribió las enseñanzas de las escuelas que no fueran las del Corán, prohibió a la mujer toda labor que no fuera la de servir al hombre y estableció los azotes como castigo, la ahorca y el linchamiento como ejecución y destruyó todo lo que no fuera musulmán como las legendarias y gigantescas estatuas de Buda que eran un patrimonio de la humanidad. Las dinamitaron antes los ojos del mundo pese al clamor del planeta. 
Si una cosa le dio fuerza a los talibanes en su lucha contra los invasores rusos, además de la ayuda americana, fue su compenetración con la población afgana. 
Líderes de Madrasas, que era pequeñas congregaciones religiosas, como el Mullah Omar se convirtieron en personas apreciadas por las comunidades pobres afganas. 
Mientras los rusos pretendían controlar el país por las armas, los talibanes se buscaban el apoyo de la población civil dándoles alimentos y protección. 
Ahmed Rashid, un periodista afgano narra en su libro titulado “Taliban” interesantes anécdotas de cómo los talibanes a base de protección y terror subyugaron a la población afgana. Cuenta que en una ocasión miembros de una de las pequeñas comarcas o tribus Pashtun fueron donde el Mullah Omar a pedir ayuda porque uno de los jefes militares de otra tribu había secuestrada a una muchacha de 14 años de edad. El Mullah Omar fue con su ejercito liberó a la joven y la entregó a su familia. 
La administración de George W. Bush, como parte de una generación de halcones anacrónicos creyó que los rusos habían perdido Afganistán en el 1989 porque la ayuda norteamericana a los rebeldes los habían vencido, (y todavía lo siguen creyendo), por lo que pensaron que la sola presencia americana era suficiente para convertir a ese país en un modelo de democracia al estilo occidental. 
Entrar a Afganistán y vencer a su endeble ejercito Talibán era tan fácil en el 2001 como lo fue para los rusos entrar en 1979, lo difícil era permanecer, y esa es la tragedia norteamericana actual en ese país. 
La pasada administración norteamericana de George W. Bush, embriagada en esa idea, pensó que podía mover su ejército imperial hacia todo el medio oriente y en vez de concentrarse en resolver la situación de Afganistán desvió en el 2003 sus recursos para Irak, otra caldera del diablo que aún no se apaga. 
El nuevo presidente Obama sabe que es en Afganistán donde debe concentrar sus fuerzas porque si el Taliban logra recuperar el poder allí la seguridad de Estados Unidos está en peligro. Pero los errores de Bush pesan demasiado y el Taliban ya ha tomado tanta fuerza que allí no se sabe realmente dónde está el gobierno. 
El presidente Hamid Karzai, no puede salir de Kabul sin temor de que lo vuelen en pedazos. Gobierna solo las áreas donde están las tropas de ocupación, pero allí quien manda es el jefe de la misión militar americana. 
Barack Obama sabe que la solución de Afganistán no solo está en el aspecto militar y buscará una salida política, lo cual es correcto pero quizás sea tarde. Ojalá la encuentre, porque de lo contrario al igual que los rusos, los Estados Unidos perderán en esa invasión la batalla y los fondos. 

 

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