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Martes, 20 de Octubre de 2009 14:14    PDF Imprimir E-mail
Manuel Zelaya, el presidente inaceptable
Artículos de Andrés Abreu

El 28 de junio se produjo el golpe de estado en Honduras, los militares hicieron preso al presidente Manuel Zelaya en su casa y lo mandaron en pijamas, sin tan siquiera cepillarse los dientes, al exilio en Costa Rica. 
Aunque el golpe fue en la práctica llevado a cabo por los militares, los verdaderos ejecutores fueron los tradicionales tres poderosos sectores de la sociedad hondureña: El empresariado de origen oligarca, los políticos de oposición organizados en los dos partidos políticos tradicionales que son el Liberal y el Nacional, y la iglesia católica. Por esa razón, acusar al golpe de estado de ser de origen militar es un argumento débil que fácilmente puede negar el actual gobierno de facto. 
El golpe de Honduras aunque tiene todas las características de los tradicionales golpes de estado latinoamericano, en el fondo es diferente. A diferencia del de Santo Domingo en 1963, o el de Hugo Chávez en el 2002, el de Honduras no fue fraguado con la participación o patrimonio en las sombras de los Estados Unidos, y a diferencia del de Chile en 1973, no fue ejecutado por los militares para quedarse estos en el poder, sino que fue fraguado por sectores civiles a través de la fuerza militar. 
Mucha gente se pregunta ¿Qué entonces tenía de malo Manuel Zelaya que hizo que estos sectores le temieran como el diablo a la cruz? 
Manuel Zelaya, llegó al poder como candidato del Partido Liberal en las elecciones de noviembre del 2005, donde obtuvo un 49.8 por ciento de los votos contra su opositor, Porfirio Pepe Lobo del Partido Nacional, quien obtuvo el 46.1. Se juramentó como presidente el 27 de enero del año siguiente, es decir, del 2006, por lo que su periodo estaba supuesto a terminar en unos 6 meses. 
Desde que asumió el poder, Zelaya comenzó a dar cumplimiento a sus promesas de campaña, las cuales no distaban mucho de las de sus opositores, quienes por lo regular nunca las cumplen. Hizo un acuerdo con el gobierno de Venezuela a través de Petrocaribe, para obtener petróleo a buen precio y reducir el costo de la gasolina para los hondureños. Aunque las organizaciones de choferes no bajaron los precios de los pasajes, esto ayudó a reducir las penurias económicas de la población. El acuerdo con Venezuela le permitía disponer del 50 por ciento del costo de la factura petrolera para inversiones sociales y pagarlo a un 1 por ciento en 25 años. Cosa que hizo el gobierno y no le perdonó la oposición. La administración norteamericana de George W. Bush comenzó a calificar entonces a ese acuerdo como una alianza de Zelaya con el presidente venezolano Hugo Chávez y a través de su embajador incentivó las acciones de la oposición al gobierno. Zelaya en respuesta, su unió a la llamada Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), promovida por Chávez, y amplió sus programas sociales dirigidos a las clases más necesitas invirtiendo en alimentación, viviendas y servicios de salud, estos últimos con un acuerdo con Cuba mediante el cual miles de médicos cubanos ofrecían sus servicios gratis a los sectores empobrecidos. 
El cuento de que Manuel Zelaya pretendía convertir en socialista a Honduras fue tomando fuerza en la campaña de la oposición a través de los medios de comunicación que son propiedad de sectores empresariales ligados a los partidos tradicionales. 
Zelaya intentó poner freno a esta campaña, los que provocó una guerra de mediática en su contra. 
El ensañamiento de los partidos de oposición, encabezado por el derrotado Partido Nacional, se entiende en función de lo que es normal en la lucha política, pero el de los dirigentes su propio partido, el Liberal, se debió a otro factor: el intento de Manuel Zelaya de modificar la constitución para darle al pueblo una mayor participación en las decisiones de los gobiernos. 
La Constitución de Honduras, votada en 1982, establece que el presidente y el vicepresidente son electos por cuatro años mediante voto popular, pero los miembros del Congreso, el cual está formado por una sola Cámara de 128 legisladores, son seleccionados al antojo de los partidos que obtienen la mayoría de los votos en las elecciones presidenciales. 
Manuel Zelaya estaba consciente de que su programa político y social sería tirado por la borda por los partidos tradicionales inmediatamente terminara su mandato. Estaba consciente de que había llegado al poder por un partido cuyas ideas eran totalmente contrarias a las suyas, y que no contaba con más respaldo que el que le podía dar el pueblo en agradecimiento a sus programas sociales, por ello intentó apoyarse en éste y hacer un plebiscito para modificar la constitución. Como era de esperarse, los partidos tradicionales se opusieron. Entonces Zelaya trató de que se llevara a cabo una consulta que permitiera demostrar que el pueblo hondureño sí quería esos cambios. Esto, como es obvio, representaba una trampa política de la que la oposición no iba a poder escapar, por eso se valieron del ministro de la fuerzas armadas, Vázquez Velásquez, de la Suprema Corte de Justicia, cuyos jueces son nombrados por el Congreso, y el mismo Congreso para sacar a Zelaya del poder, antes de que fuera tarde. 
Honduras tiene 7 millones 600 mil habitantes, es el segundo país más pobre de Centroamérica y uno de los más pobres del hemisferio, es uno de los países con mayor desigualdad social en el mundo, menos del 20 por ciento de la población recibe el 80 por ciento del producto interno bruto, y las cifras combinadas del Banco Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, arrojan un 70 por ciento de pobreza en Honduras, y un 46 por ciento de extrema pobreza. 
El depuesto presidente Manuel Zelaya había iniciado un programa denominado “enfrentando la crisis” mediante el cual se proponía sacar a 300 mil hondureños de la extrema pobreza. Había conseguido que el Banco Interamericano de Desarrollo le condonara la deuda al país, y había logrado reducir la inflación y estabilizar los precios de los alimentos. Según la Comisión Económica Para la América Latina (CEPAL) Honduras había logrado por primera vez en 16 años controlar la inflación y se encontraba por primera vez entre los países de mayor crecimiento económico en América Latina. Manuel Zelaya estaba orgulloso de esto, pero no la oposición ni los sectores empresariales, debido a que todo esto reducía el poder político y la credibilidad de los partidos y políticos tradicionales, y afectaba las incontroladas ganancias de la oligarquía, la cual se ampara más en la corrupción que en la actividad empresarial. 
Una vez consumado el golpe del 28 junio, la casa está a salvo, el Congreso nombró un nuevo presidente, un mequetrefe llamado Roberto Micheleti, quien había aspirado sin éxito a la nominación de partido y que ocupaba el puesto de Presidente del Congreso. 
A nadie le quepa la menor duda de que en Honduras los perpetradores del golpe convocarán a elecciones para elegir un nuevo presidente, pero uno que defienda los intereses de la oligarquía corrupta y sus representantes políticos, no otro que se atreva a defender los intereses del pueblo como lo hizo Manuel Zelaya. 

 

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