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Una vez dijo Fidel Castro, hace muchos años, que los niños venezolanos conocen más a Mickey Mouse que a Simón Bolívar. Claro, que como es costumbre dentro del mundo de las ratas que sobran en el continente, esto fue tomado como una ofensa inaceptable de la cual los niños nunca se enteraron.
El jueves 25 de junio en la mañana murió la actriz Farrah Fawcett, hecho que comenzaba a inflarse en los medios cuando se supo la noticia unas horas más tarde de que había muerto el rey del Pop, Michael Jackson. Unos días después, el 6 de julio, como si se tratara de una de las peores novelas de Agatha Christy, ocurrió la muerte de otro personaje importante, falleció Robert McNamara, a la edad de 93 años. Los medios como el CNN, que han pasado de ser de sistemas informativos a canales de comedias, hicieron referencia de la pérdida en lo poco que les quedaba del tiempo que ocupaban en repetir hasta la saciedad los pormenores de la muerte de Michael Jackson. Si hay un ejemplo del pésimo servicio que dan los medios de comunicación electrónicos a la sociedad americana este es uno. Michael Jackson representó toda una era en la música pop americana. McNamara representó toda una época de la política exterior norteamericana. Jackson hizo bailar a cientos de millones de jóvenes en el mundo. McNamara dirigió la política que hizo que millones de personas en el mundo murieran, incluyendo más de 58 mil soldados norteamericanos, es decir, unas veinte veces más de las personas que murieron en los ataques del 11 de septiembre del 2001. Años antes de que Michael Jackson cobrara fama como el hermano menor de los “Jackson Five”, Robert McNamara, era Secretario de Defensa del presidente Lyndon B. Johnson. Desde su puesto y por orden de la Casa Blanca, anunciaba la ofensiva norteamericana en la guerra de Vietnam y ordenaba la invasión a la República Dominicana para impedir que un grupo de rebeldes que reclamaban el retorno de un gobierno constitucional por el que el pueblo había votado en el 1963, y que había sido derrotado por una conjura cívico militar, lograra traer de vuelta al pequeño país al orden democrático. “No vamos a permitir otra Cuba en América”, decía el presidente Lyndon B. Johnson, mientras McNamara firmaba la orden de salida de 22 mil marines a la pequeña república que comparte la isla Española con Haití. Juan Bosch, el presidente dominicano derrocado, desde su exilio en Puerto Rico en 1965 llamaba mentiroso a McNamara porque éste presentaba supuestas pruebas de infiltración comunista en la insurrección dominicana contra el gobierno de facto. La invasión a Santo Domingo dejó más de tres mil nacionales de ese país muertos y una cantidad de bajas norteamericanas que todavía el Pentágono parece avergonzarse de decir. La ofensiva en Vietnam del 1965 fue el inicio de uno de los más vergonzosos genocidios de la humanidad. Todo un pueblo que no hacía más que reclamar su derecho a la autodeterminación, fue atacado con todas las armas disponibles de la época sin la más mínima piedad. Fue tan grande y criminal aquella incursión bélica norteamericana en la dos repúblicas antípodas, que el poeta chileno Pablo Neruda refiriéndose a la guerra en la República Dominicana, dijo en versos: “me gustan los norteamericanos en su pueblo, las muchachas de Manhattan por supuesto, pero en Santo Domingo y Vietnam prefiero, prefiero norteamericanos muertos”. Pero McNamara no sólo fue un gran hombre malo, tal vez un engañado, pues cientos de millones de norteamericanos y otros tantos en todo el mundo, a través de décadas le deben a él sus vidas. McNamara, quien era un meritorio ingeniero, fue el inventor del cinturón de seguridad que se utilizan actualmente en los autos. Eso no lo dijeron los medios de comunicación como el CNN porque no les alcanzó el tiempo con la cháchara de Michael Jackson Tampoco dijeron que McNamara escribió en 1995 un libro titulado “En retrospectiva” en el que denunciaba cómo había sido de cruento el conflicto bélico de Vietnam y de lo absurdo de aquella incursión armada. Hablaba de su reunión 40 años después con sus antiguos contrincantes vietnamitas y de su reconocimiento de que ese pueblo sólo buscaba su paz, que el famoso ataque comunista del golfo de Tonking no fue más que un pretexto fabricado para iniciar la guerra, y de cómo se arrepintió de haber sido parte de ella. Hay un documental basado en una entrevista con Robert McNamara hecho en los años noventa, titulado “Las nieblas de la guerra” que puede ser adquirido en cualquier tienda de video y que ilustra significativamente sobre estos hechos, pero sobre todo, permite en el ámbito de lo que ocurre ahora, entender hasta qué nivel son víctimas los norteamericanos de sus medios de comunicación, de qué manera hacen que Mickey Mouse y Michael Jackson sean más importantes que los verdaderos protagonistas de la historia, de ellos y del mundo.
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