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Martes, 20 de Octubre de 2009 14:18    PDF Imprimir E-mail
Honduras por caer en gancho histórico
Artículos de Andrés Abreu

Hay cuentos antiguos y tradicionales como el de Caperucita Roja que hoy no convencen ni a los recién nacidos, pero en la política todavía hay gente que cree que se pueden repetir las viejas historias sin que las víctimas sepan en qué terminarán. En Honduras se está tejiendo la misma tela araña conque en el pasado se envolvió a los pueblos latinoamericanos, para hacerles creer en una solución de paz a sus crisis cuyos ganadores resultan los mismos de siempre: los poderosos señores de la oligarquía para quienes la democracia existe si les sirve y los hace más ricos.

Hablamos de oligarquía porque en Honduras todavía no hay una clase empresarial desarrollada que entienda que el aumento de la capacidad de consumo de la población se traduce en crecimiento económico y este en beneficio de ellos mismos.

Las negociaciones que se llevan cabo entre los representantes del presidente depuesto, Manuel Zelaya, y el de facto, Roberto Micheletti, no son otra cosa que un cuento de cuna para dejar correr las horas y dormir a los levantados.

Roberto Micheletti no es mas que el sujeto del bajo mundo de la política contratado por los sectores de poder para hacer el trabajo sucio que ellos no pueden hacer.

Los líderes de los partidos Liberal y Nacional, quienes se reparten el poder en la república centroamericana desde décadas, esperan sentados plácidamente a que acabe el circo de la negociaciones para entrar en la arena y repartirse el poder.

Manuel Zelaya fue un interesante intento de emancipación del pueblo hondureño, pero debido a su carencia de una institución política organizada que le represente y le de el carácter de fuerza social a sus ideas, es casi imposible que logre salir airoso.

Podría lograr que le dejen gobernar hasta las elecciones previstas para noviembre próximo, las cuales se asegurarán de ganar, por las buenas o por las malas, las dos fuerzas de la derecha que lo sacaron del poder.

Si no logra gobernar, la derecha de cualquier manera organizará las elecciones y la inercia hará que poco a poco, el candidato triunfante se vuelva potable ante la comunidad internacional.

De este último plan ya se encargaron la Secretaria de Estado Hillary Clinton, el embajador permanente de los Estados Unidos ante la OEA Lewis Amselem, los asesores de política norteamericana como Dimitriv Negroponte, y los legisladores de la ultra derecha Miami, los hermanos Diaz-Balard y Ileana Rois Lehtinen.

Según una denuncia muy bien fundamentada por el diario The New York Times, publicada al principio de este mes, la secretaria de estado Hillary Clinton cree, al igual que los sectores de la ultraderecha de La Florida, que Honduras es actualmente un campo de batalla entre la democracia capitalista y el modelo “dictatorial” de Hugo Chávez y Fidel Castro. Este esquema de pensamiento de la señora Clinton no es ajeno entre quienes conocen sus posiciones políticas en términos internacionales.

En una recepción en Johannesburgo en 1994 con motivo de la juramentación del Nelson Mandela, a la que asistió como primera dama, Hillary Clinton casi se cayó de espaldas huyendo a un saludo que le quería dar Fidel Castro.

La posición planteada por el embajador ante la OEA, Lewis Amselem, en la reunión del primero de octubre en el organismo, en la que acusó a Manuel Zelaya de instigador y ser causante de la crisis en Honduras, así como los viajes a Honduras autorizados por la Casa Blanca de los legisladores cubanos, en los que defendieron abiertamente al presidente de facto Roberto Michelletti, confirman la denuncia del Times.

Si alguien cree que eso no es posible en un gobierno de un presidente de ideas avanzadas como Barack Obama, está equivocado.

Las estructuras políticas de Washington están edificadas con vigas ultra conservadoras, y es muy difícil que un presidente con tantos frentes políticos abiertos como Obama pueda golpearlas sin correr el riesgo de que el hormigón se le vaya encima.

La desaprobación del gobierno estadounidense del reegimen de facto de Roberto Michelletti no es una señal de que se quiera apoyar a un presidente como Zelaya, que intentó llevar la democracia a la economía y combatir con ella la pobreza. Es la misma desaprobación que la darán también en poco tiempo, para limpiarse las manos, los jerarcas de la oligarquía hondureña y sus políticos “liberales” y “nacionales”.

Todos rechazarán el golpe de estado sin dejar de culpar a Zelaya, hará un acuerdo de paz y nuevas elecciones, y el pueblo quedará atrás en el olvido, como lo estuvo siempre.


 

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