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| Honduras por caer en gancho histórico |
| Artículos de Andrés Abreu |
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Hay cuentos antiguos y tradicionales como
el de Caperucita Roja que hoy no convencen ni a los recién nacidos, pero en la
política todavía hay gente que cree que se pueden repetir las viejas historias
sin que las víctimas sepan en qué terminarán.
En Honduras se está tejiendo la
misma tela araña conque en el pasado se envolvió a los pueblos
latinoamericanos, para hacerles creer en una solución de paz a sus crisis cuyos
ganadores resultan los mismos de siempre: los poderosos señores de la
oligarquía para quienes la democracia existe si les sirve y los hace más ricos.
Hablamos de oligarquía porque en Honduras
todavía no hay una clase empresarial desarrollada que entienda que el aumento
de la capacidad de consumo de la población se traduce en crecimiento económico
y este en beneficio de ellos mismos. Las negociaciones que se llevan cabo
entre los representantes del presidente depuesto, Manuel Zelaya, y el de facto,
Roberto Micheletti, no son otra cosa que un cuento de cuna para dejar correr
las horas y dormir a los levantados. Roberto Micheletti no es mas que el
sujeto del bajo mundo de la política contratado por los sectores de poder para
hacer el trabajo sucio que ellos no pueden hacer. Los líderes de los partidos Liberal y
Nacional, quienes se reparten el poder en la república centroamericana desde
décadas, esperan sentados plácidamente a que acabe el circo de la negociaciones
para entrar en la arena y repartirse el poder. Manuel Zelaya fue un interesante intento
de emancipación del pueblo hondureño, pero debido a su carencia de una
institución política organizada que le represente y le de el carácter de fuerza
social a sus ideas, es casi imposible que logre salir airoso. Podría lograr que le dejen gobernar hasta
las elecciones previstas para noviembre próximo, las cuales se asegurarán de
ganar, por las buenas o por las malas, las dos fuerzas de la derecha que lo
sacaron del poder. Si no logra gobernar, la derecha de
cualquier manera organizará las elecciones y la inercia hará que poco a poco,
el candidato triunfante se vuelva potable ante la comunidad internacional. De este último plan ya se encargaron la
Secretaria de Estado Hillary Clinton, el embajador permanente de los Estados
Unidos ante la OEA Lewis Amselem, los asesores de política norteamericana como
Dimitriv Negroponte, y los legisladores de la ultra derecha Miami, los hermanos
Diaz-Balard y Ileana Rois Lehtinen. Según una denuncia muy bien fundamentada
por el diario The New York Times, publicada al principio de este mes, la
secretaria de estado Hillary Clinton cree, al igual que los sectores de la
ultraderecha de La Florida, que Honduras es actualmente un campo de batalla
entre la democracia capitalista y el modelo “dictatorial” de Hugo Chávez y
Fidel Castro. Este esquema de pensamiento de la señora Clinton no es ajeno
entre quienes conocen sus posiciones políticas en términos internacionales. En una recepción en Johannesburgo en 1994
con motivo de la juramentación del Nelson Mandela, a la que asistió como
primera dama, Hillary Clinton casi se cayó de espaldas huyendo a un saludo que
le quería dar Fidel Castro. La posición planteada por el embajador
ante la OEA, Lewis Amselem, en la reunión del primero de octubre en el
organismo, en la que acusó a Manuel Zelaya de instigador y ser causante de la
crisis en Honduras, así como los viajes a Honduras autorizados por la Casa
Blanca de los legisladores cubanos, en los que defendieron abiertamente al
presidente de facto Roberto Michelletti, confirman la denuncia del Times. Si alguien cree que eso no es posible en
un gobierno de un presidente de ideas avanzadas como Barack Obama, está
equivocado. Las estructuras políticas de Washington
están edificadas con vigas ultra conservadoras, y es muy difícil que un
presidente con tantos frentes políticos abiertos como Obama pueda golpearlas
sin correr el riesgo de que el hormigón se le vaya encima. La desaprobación del gobierno
estadounidense del reegimen de facto de Roberto Michelletti no es una señal de
que se quiera apoyar a un presidente como Zelaya, que intentó llevar la
democracia a la economía y combatir con ella la pobreza. Es la misma
desaprobación que la darán también en poco tiempo, para limpiarse las manos,
los jerarcas de la oligarquía hondureña y sus políticos “liberales” y
“nacionales”. Todos rechazarán el golpe de estado sin dejar de culpar a Zelaya, hará un acuerdo de paz y nuevas elecciones, y el pueblo quedará atrás en el olvido, como lo estuvo siempre. |



