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Muchas personas están demasiado educadas para hablar con la boca llena, pero no se preocupan por hacerlo con la cabeza hueca.” (Olson Welles) Desde que éramos muchachos, nos llamó la atención las letras de un son oriental cubano titulado “Baja y tapa la olla” interpretado magistralmente por el famoso Dúo los Compadres.
La canción dice: “vamos a comer temprano porque me huele a visita recuerda que en el almuerzo se apareció Conchita.” La canción prosigue diciendo que en el momento que están preparando la comida del almuerzo tocan la puerta de la casa. El jefe del hogar, al escuchar los golpes en el portón pregunta que quien es. Una voz del otro lado responde: “Su compadre y su comadre que vinimos a “bembetear”, pero también venimos con nuestros muchachitos y quiero que abra la puerta para que vea los gorditos que están”. El mandamás de la casa le dice al compadre que le permita un momentito antes de abrir y corre adonde la hija y le dice: “baja y tapa la olla, baja y tapa”. Además reclama a la mujer, una mulata guajira, que la culpa era de ella por la situación que se había presentado con esas visitas por no haber servido la comida temprano. Gritaba y gritaba a la hija que bajara y tapara la olla en el mismo momento que el compadre se desesperaba porque olía el guiso y no le brindaban. Los que hemos sacado notas sobresalientes y hemos obtenido la graduación con maestría y todo en la universidad de la vida, esta situación que narra el famoso dúo en ese son brotado entre Guantánamo y Santiago, allá entre esas dos comunidades rurales del Oriente de Cuba, la hemos vivido en carne propia. Hemos sido testigo de personas hambronas y personas exageradamente hospitalaria en el transcurso de nuestras vidas. Sin querer queriendo nos hemos visto envueltos en situaciones de este tipo que no han roto el alma. Personas sin necesidad, con carros parqueados en las marquesinas, con los brazos y el cuello cubierto de oro, con botellas abiertas y llenas de buenos vinos en la despensa y con la cartera llena de tarjetas de crédito, se comportan como auténticos “muertos de hambre”. Unos han cerrado la puerta que da a la cocina para que el olor traicionero de ésta no llegue a las narices de los candidatos a comensales. Otros han escondido la comida debajo de la cama por si los invitados se antojan de ir al departamento de humo y grasa de la residencia. Siempre nos ha gustado el campo y cocinar al aire libre. En una ocasión que visitábamos la casa de unos amigos y estábamos haciendo una “comilona”, sonó el teléfono anunciando la llegada de varios conocidos que se adherirían al grupo que estaba compartiendo en las afueras del hogar. El propietario de la vivienda como que miró al diablo. Se puso furioso y gritó “esos, de esta –comía- no comen”. Agarró el cardero lleno de arroz con pollo y se dirigía al cuarto de servicio a esconder el “cocinao”, cuando de repente tropezó con un ladrillo yendo a parar al suelo él y más de la mitad del alimento. “Me importa un bledo, que se lo coma la tierra antes que se lo coman ellos”, fueron las palabras de aquel hombre amigo nuestro que nos dejó pasmado hasta los tuétanos con su pobre actuación. Para que el mundo se mundo, tienen que existir estas clases de personas. Nosotros no fuimos criados así. Recuerdo que nuestro padre era capaz de quitarnos el “bocao” de la boca para dárselo a un invitado. Quizás es mucha exageración pero esa era la forma de nuestro progenitor. Cuando éramos teenager, una tarde se apareció en nuestra casa un contingente de 34 miembros de la familia paterna para pasar la noche con nosotros e irse temprano al otro día a cumplir una promesa con una virgen cuya basílica quedaba en otro pueblo. No se me olvida la cara de mi madre, no porque llegó visita, sino por la cantidad de parientes que con la excusa de no querer separarse, prefirieron pasar la noche juntos y de cualquier modo. Papá tenía una fábrica de “Batidores Royal”, lo que ahora llaman Box Spring. Suerte, porque fuimos al almacén y tendimos los soportes de colchones preparando camas por toda la casa para buscarle comodidad a la inesperada visita. Toda la producción de pan de la panadería cercana fue adquirido por Papá. Nosotros tuvimos que levantarnos a las 5 de la mañana e ir al campo y buscar un bidón de leche y una jiguera de huevos para preparar desayuno. Se imaginan el “reperpero” que se armó allí, pero en la boca de mi padre se veía una sonrisa de satisfación, porque él amaba preparar de comer y que la gente comiera. O sea, que donde come uno, comen dos.
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