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A lo mejor usted se preguntará qué tiene que ver una cosa con la otra, se lo dejo de tarea. Comencemos con esta interrogante que muchas personas se hacen. Se preguntan por qué las vacas no son toreadas igual que los ejemplares machos. Muchos dicen que son discriminadas, pero en realidad lo que pasa es que las vacas cuando cornean, lo hacen con los ojos abiertos. La vaca nunca quita el ojo al enemigo, lo contrario al toro que se duerme cuando ataca.
En cuanto a muchas féminas humanas, las cosas anteriormente se parecían, pero en los tiempos actuales lo géneros se disputan el don de la astucia y la profesión de cómo maquillar el bochinche y darle más léxico al diccionario de los “picochatos”. Todos conocemos muchas mujeres (y hay hombres también) que nunca duermen, que sufren de un sonambulismo eterno. Se la pasan caminando en las noches y madrugadas buscando presas noticiosas para sus panales lingüísticos. No hay una que se le escape. Son capaces de todo. Se les ve supuestamente buscando en los zafacones, pero no es otra cosa que “oler donde guisan”. Lo quieren saber todo, ni el polvillo que tiran las alas de las mariposas quieren desperdiciar. Se olvidan de quitar las uñas a las patas de las gallinas y la cocinan dándose cuenta después que ya tiene tres dedos de la pata ya cocinada en la boca. Para ellos, el bochinche es salud. Hacen hoyos en la tierra dizque buscando lombrices para pescar, pero lo cierto es que quieren sentir mejor los pasos de sus víctimas a través del pedazo de madera que penetra en el suelo. Son capaces de serpentear en los fangos con tal de obtener una primicia para ser contada luego con orgullo en el púlpito barrial. Se pelean los rincones con zorrillos y mapaches por obtener un lugar privilegiado donde se puedan escuchar y sentir sus presas más de cerca. Preparan suculentos platos gourmet para llevarlo a sus sacrificados en bandeja de plata adornada con encajes bordados por las abuelas a mediado del siglo 20. Ofrecen el manjar enseñando una sonrisa picaresca al estilo del coyote en su eterno dilema con el correcaminos. Luego que obtienen lo que desean, se retiran dejando atrás un hilo de veneno negro que quema la hierba con más eficacia que un herbicida. Son pilotos de la Segunda Guerra Mundial. Manejan un avión P51-D Mustang, usado en ese acontecimiento bélico, con los motores apagados. Son capaces de vender huevos hervidos en una lata en horas de la madrugada con tal de saber quien entra o sale de las puertas delanteras o traseras de las casas de la vecindad. Son terroristas porque destrozan conductas morales y reputaciones sin contemplaciones. Se defienden como cocodrilos peleando por un pedazo de carne en un charco del zoológico. Se retuercen con más elegancia que una anaconda cuando estrangula un tapir u otra presa de la selva amazónica. Esos son los dueños del bochinche que pululan en los callejones caminando sigilosamente como si fueran zombis. Murciélagos nocturnos que salen de las guaridas para depredar los chismes que suelen escaparse en conversaciones íntimas dentro de los hogares. Aunque usted no lo crea, tenemos nuestros “paparazzi” mediáticos de los periódicos de la vida, más cerca de lo que podemos imaginarnos. Están donde menos nosotros creemos. Aguantan el empuje del tiempo, no importa, tienen tiempo hasta de pensar el por qué no se llevan vacas a las corridas. Y sacan conclusiones de que la vaca que se toree habría que llamarla “tora”, aunque no creo que quiera cerrar los ojos al momento de enfrentarse al torero.
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