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Viernes, 09 de Septiembre de 2011 09:49    PDF Imprimir E-mail
Septiembre 11, diez años después
Artículos de Ramón Peralta

Los execrables y barbáricos actos de terrorismo perpetrados hace diez años contra civiles inocentes, merecen todavía el repudio y el rechazo de todos aquellos que creen en el derecho y la civilidad. Las muertes y atropellos no tienen cabida en la práctica legítima de la política, a pesar de que la historia está llena de estos actos abominables. En este décimo aniversario, en vez de volver a recrear lo que sucedió, es preciso echar un vistazo a los eventos políticos que el hecho terrorista desató y su incidencia en los acontecimientos que todavía mueven la política nacional y mundial.
Hay que tener presente, que los hechos de septiembre 11 impactaron tan fuerte en la política nacional y mundial, que hoy se toman como marcos divisorios de la historia política reciente. Es decir que, debido al decisivo giro que tomó la política, hoy se habla de antes y después de septiembre 11.
En la órbita nacional, la vida política dio un giro de 360 grados. El aparato de seguridad del estado creció de manera monstruosa, hasta el punto de que si bien es cierto que ha evitado la repetición de nuevos actos de terrorismo, no es menos cierto, que su expansión ha creado preocupación entre muchos sectores por las amenazas al derecho y las libertades públicas del ciudadano, derivadas de una extrema y celosa vigilancia, y también, por el elevado costo del aparato de seguridad.
Según un estudio, aparecido en el diario Washington Post, dice, que es imposible cuantificar hoy el costo del aparato de seguridad y la cantidad de agencias e instituciones que lo componen, muchas de ellas compuestas por individuos que no tienen una idea clara de lo que hacen y por supuesto, de los efectos que causan sus acciones. De acuerdo a ese estudio, el gigantismo se ha convertido en una amenaza a la eficiencia del aparato de inteligencia.
El exagerado celo también ha llevado a que se hayan cometido y se estén cometiendo injusticias contra personas por proceder de las mismas regiones que aquellos que cometieron los actos terroristas, aun cuando nada tiene que ver una cosa con la otra. Tener raíces de procedencia árabe y de territorios donde se impuso esa cultura, se ha convertido en un elemento de sospecha para emprender cualquier acción policial.  Ser estigmatizado simplemente por el origen, constituye un acto de franco racismo y por tanto, una violación a los elementales principios de derecho de la persona y a la tradicional práctica constitucional de la nación.
Lo mismo que se aplica al origen, se puede decir de lo religioso. Como los responsables del acto de terrorismo eran seguidores de la religión musulmana, no son pocos los que quieren atribuir la responsabilidad del hecho a todos los que confiesan esa religión, convirtiéndose ellos en supuestos cómplices de un hecho que ellos y tampoco su religión tuvieron nada que ver. Estos motivos han dado lugar a que muchos interpreten, que hoy estemos frente a una confrontación entre el mundo musulmán y cristiano, como sucedió en tiempo de las cruzadas.
No hay que olvidar tampoco en este décimo aniversario, las miles de víctimas causadas por dos guerras que todavía estremecen los cimientos de la sociedad norteamericana y los países que las sufren, y que se originaron como consecuencias de los hechos de septiembre 11. Miles de jóvenes han sacrificado sus vidas en guerras que todavía no llegan a término. También hay que atribuirle a estas guerras y sus astronómicos gastos, un decisivo peso en la crisis económica que acogota la nación en los últimos tres años.
Los efectos de los hechos de septiembre 11 se han dejado sentir también en la política internacional. No hay lugar a dudas, que como consecuencia  de la expansión de la lucha contra los focos terroristas, se ha puesto en peligro la estabilidad política de áreas que previo al septiembre 11 gozaban de cierta estabilidad. Los rigores de la guerra han estremecido los cimientos de sociedades ajenas a los hechos de septiembre 11.
De manera que, enfrente al décimo aniversario de los hechos ocurridos en septiembre 11, no podemos solamente volver la cara a la tragedia local que el hecho provocó, cosa que es legítima, si no también, a los desastrosos efectos causados en otras áreas y a los millones de vidas que han sido afectadas por los subsecuentes hechos. El revanchismo, que trae las guerras y las confrontaciones, no puede tener cabida en este décimo aniversario. Honremos a los soldados muertos, heridos y mutilados. Honremos las miles de vidas de niños, mujeres y ancianos que han caído en otras tierras como efectos colaterales de la llamada guerra contra el terrorismo. Que ojalá la paz y el diálogo y no la guerra sean los instrumentos a usar para redimir a los caídos aquí y en otras tierras.   


 

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