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Viernes, 02 de Abril de 2010 09:14    PDF Imprimir E-mail
El miedo no es una opción política
Artículos de Ramón Peralta

Siempre rechacé como acto bárbaro y sin sentido, el ataque terrorista que se llevó a cabo contra las torres gemelas de Nueva York y que ya se conoce como septiembre 11, donde murieron miles de civiles inocentes. Lo condené por dos razones: Primero, porque no tienen sentido los actos que ponen como objetivo el ataque a civiles inocentes, aún cuando se produzcan en el marco de una guerra. Las muertes de personas inocentes, es un acto criminal no importa las circunstancias. Segundo, porque producen efectos contrarios a los que se buscan. Es decir, en vez de debilitar al enemigo que se ataca, lo fortalece y le abre las puertas para reagrupar sus fuerzas y desatar ataques de mayores proporciones. Eso se pone más de manifiesto, cuando esos actos se llevan a cabo contra un estado poderoso.
Si situamos históricamente los acontecimientos de septiembre 11, podremos ver que desencadenaron dos guerras, con efectos devastadores en cuanto a pérdida de vidas y de recursos económicos se refiere. Otros miles de vidas se han perdido y los grupos que propiciaron el ataque han sido incapaces de responder a la contra ofensiva que se ha desatado contra ellos. Eso se ha debido a que la correlación de fuerza es completamente desigual. No por otra cosa se dice que el terrorismo es una aventura sin sentido.
Otra consecuencia negativa que se deriva de los ataques terroristas, es la radicalización de los sectores reaccionarios de la sociedad, que asumen que la única respuesta al terror es la fuerza misma, contribuyendo esto a la restricción al ejercicio del derecho y las libertades del ciudadano.
A raíz de los ataques del 11 de septiembre se implementaron disposiciones y medidas, que grupos protectores de los derechos civiles consideraron como contraproducentes y atentatorias al libre ejercicio del derecho del ciudadano. El famoso “Patriot Act”, que se estableció después de los actos terroristas, contiene disposiciones que abren las puertas a los aparatos de vigilancia del estado a contravenir derechos inviolables del ciudadano y en muchos casos, al abuso contra personas inocentes.
Otro efecto dañino, y éste de carácter político, es el uso de la propagación del miedo en la población como mecanismo para justificar acciones innecesarias. Después que sucedieron los hechos terroristas de septiembre 11, hay sectores que se han dado a la tarea de exagerar situaciones, contribuyendo a que hechos sin relevancia inquieten a la población para sacar provecho político y catalogar a sus adversarios políticos como “flojos”. En el argor popular a esto se le llama “querer pescar en rio revuelto”.
Recientemente, cuando un joven de origen africano quiso prenderse fuego en un avión y que gracias a la rápida intervención de otros pasajeros se evitaron peores consecuencias, hubo sectores políticos que quisieron usar ese hecho para levantar el miedo y acusar la administración del Presidente Obama de “floja”.  El alboroto político fue tan grande que hubo quienes exigieron que el Presidente Obama regresara desde Hawai a Washington para enfrentar una situación que ya había sido solucionada y que por su dimensión no requería la presencia del Presidente.
El miedo no es una opción al terrorismo, ya que, al actuar así, es decir con miedo, estamos jugando la carta que los terroristas quieren. Uno de los objetivos del terrorismo es sembrar temor en la población. Es por eso que Osama bin Laden cada cierto tiempo sale con sus videos de amenazas. Sus objetivos no son otros que  infundir miedo.
Debemos tener confianza que los aparatos del estado responderán de acuerdo a las circunstancias, ya que se trata de amenazas de grupos que no tienen la capacidad, ni militar, ni económica de emprender acciones que den al traste con la estabilidad y seguridad de la nación. Que la experiencia de septiembre 11 fue negativa. Claro que lo fue. Pero eso no significa, ni ha significado que aun cuando fue grave el hecho, no puso de rodilla la nación y ni la pondrá con hechos semejantes. 
En ese sentido, no podemos permitir que políticos desaprensivos usen el mecanismo del miedo como medio de cosechar frutos políticos sin ningún mérito. El miedo, por tanto, debe ser rechazado como una opción política. Desafíos más difíciles ha enfrentado la nación para sentir temor en la presente circunstancia.




 

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