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Viernes, 18 de Noviembre de 2011 10:37    PDF Imprimir E-mail
El papel del líder en el proceso político
Artículos de Ramón Peralta

En los años de la década de los 1960s se puso muy de moda en las Ciencias Sociales de orientación marxista, el análisis del papel del individuo en la historia. Los historiadores de esa orientación trataron en ese entonces de purgar, si así se puede decir, el análisis de la historia del culto al personalismo. Se puso como modo a seguir, que la historia no la hacían las personalidades sino los pueblos. La reacción era legítima ya que, en todos los textos de historia se ponían las hazañas de los héroes como el aspecto más relevante, olvidándose de que el héroe era un actor más dentro de un complejo escenario donde intervenían cientos y hasta a veces miles de actores sin los cuales el “héroe” no hubiese podido hacer su papel. Acaso la gran hazaña colonizadora de Cristóbal Colón se puede explicar partiendo únicamente del análisis de su personalidad al margen del contexto histórico que lo rodeó, es decir, de los otros participantes? Los que hicieron posible el viaje gracias a las contribuciones económicas que aportaron; los diferentes peritos en las minucias de navegar que lo acompañaron y todos los demás integrantes de las tres tripulaciones que realizaron la hazaña, desempeñaron un papel tan importante como el mismo Colón.
La historia se comenzó a ver como un proceso y no como la hechura de un individuo o héroe. El mismo esquema de análisis se aplicó a la acción política. Lo más importante en este sentido no es el líder sino el proceso que se quiere poner en marcha y en el que el líder es un instrumento más. Esta concepción aunque toma en cuenta el papel del líder, descarta que el líder sea un fin en si mismo. Su rol como el de los demás participantes es un accesorio del proceso. El líder por tanto no puede reemplazar y hacerse dueño del proceso hasta el punto de que en un momento no se pueda distinguir entre lo que quiere el líder y el objetivo del proceso.
Cuando el protagonismo del líder se pone por encima de los objetivos del proceso político, al fin el cabo, este último se desvirtúa y termina en el fracaso. 
El caso contrario se da, cuando el líder siendo consciente de su rol y de la temporalidad de su acción, delega en otros el liderazgo sin que el proceso pierda su esencia y su continuidad. En la historia ha habido muchos casos y ejemplos de este tipo de líder. Dos solo llegan a mi memoria: George Washington y Máximo Gómez, líder militar de la lucha revolucionaria cubana de independencia. El Primero, Washington, hizo oídos sordos a los clamores de aquellos que querían que continuase en el poder. Sabiamente respondió, que su meta no era convertirse en un emperador. Máximo Gómez, por otro lado, después de conducir el triunfo de las tropas revolucionarias cubanas, desoyó los abrumadores reclamos para asumir la presidencia cubana porque consideró que su rol en el proceso había terminado. Dejó a Cuba, libre del yugo español, y se fue a vivir sus últimos días en un apartado lugar de su nativa República Dominicana.
El caudillismo y el culto al personalismo son dos secuelas del líder que se cree imprescindibles. Tanto ahora como en el pasado, en América Latina y en otras regiones, donde el institucionalismo no ha sentado bases, el caso de la aparición de los líderes imprescindibles es y ha sido muy común. En el pasado tomó la forma del caudillo militar.  En el presente, se da en la forma de líderes que aprovechan las precarias necesidades materiales de las masas y su escasa educación para perpetuarse en el poder, gracias a la democracia del voto y a la política del clientelismo que fomentan. Hay quienes echan al olvido sus compromisos de reivindicación y hacen pactos hasta con el diablo a cambio de permanecer en el poder a como dé lugar.
Todo proceso político necesita de un líder, pero  que sea consciente de la temporalidad de su función y  de la necesidad de crear nuevos relevos para dar continuidad al proceso. No son pocos los procesos políticos, que alimentados de buenos principios, degeneraron en el fracaso y la frustración porque sus líderes malinterpretaron sus roles y se convirtieron en negadores de los principios que los sustentaron. En última instancia, ese tipo de líder sirve más a la causa de su enemigo que a la suya propia. Los cambios que hoy demandan nuestras sociedades necesitan líderes conscientes de su papel.

 

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