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Por Ramón Peralta
El titular de periódico dominicano decía: “Junta Central Electoral dice que desde ahora solo habrá “negros, mulatos y blancos”. Muchos dominicanos de seguro no les pusieron atención a este titular, ya que, no creo que el color de la piel esté entre las urgencias que abruman al dominicano común de hoy día. Sin embargo, esto no quiere decir, que el titular carezca de significancia histórico-cultural y voy a explicar por qué.
Cuando los descubridores españoles desembarcaron en la isla, precisamente en una fecha cercana del mes en que estamos, le pusieron por nombre la Hispañiola. Ahí se inició una aventura que transformó en muchos aspectos el mundo que hoy conocemos. Los hombres que allí habitaban, le dieron por nombre “indios”, por aquello de que el Sr. Colón creía, según dicen, que había llegado a la India. La población en verdad pertenecía a la cultura Taína, que no duró mucho tiempo porque el predador español se la llevó en sus garras de oro. Desde entonces se percibió que la empresa descubridora de humano nada tenía. Al exterminar el “indio”, los españoles se dieron cuenta que se habían quedado sin mano de obra para impulsar la economía de la isla y entonces, decidieron importar manos de obra de la lejana Africa. Así comenzaron a llegar los primeros cargamentos de negros esclavos con los que impulsaría la nueva economía del azúcar. La llegada de los nuevos pobladores transformó la composición étnica de la isla. A cabo de un siglo, blancos españoles y negros africanos, constituyeron el componente poblacional más importante de la parte Este de la isla. Las circunstancias, tanto económicas como las que mueven la necesidad de la procreación, obligaron al blanco y al negro a unirse y entremezclarse entre si, dando origen a un mestizaje multicolor sumamente interesante, pero donde el negro quedó como elemento predominante. Pero resulta que el negro olía a Africa y la élite que manipuló el poder desdeñó ese olor para acogerse al perfume del blanco español y cristiano. Así se estampó en los textos históricos el origen blanco, español y cristiano del dominicano. Se hizo la conversión de un pueblo negro y mestizo a blanco. Para lograr eso, se eliminó la denominación “negra” en la identificación del dominicano y se inventó el color “indio”. De ahí es, que hasta hoy el dominicano usaba cuatro clasificaciones para identificarse: “blanco”, “indio”, “indio claro” e “indio oscuro”. Las últimas tres se inventaron para ocultar, o mejor dicho, para negar el componente negro y mulato. Eso no se hizo, como muchos suelen creer, para exaltar los primigenios habitantes de la isla. No, se hizo para negar la negritud y su herencia cultural en la cultura dominicana. En un país de negros, el negro no existía, se le denominó hasta ahora “indio oscuro”. Esas clasificaciones se estamparon en la subconciencia del dominicano por un trabajo sistemático de largos años por parte de la intelectualidad pro española, blanca y cristiana. El negro se quedó como un fantasma y como dice el dicho, “detrás de la oreja”. Hasta en la jerga popular dominicana es muy común escuchar la gente decir: “Eh, no me diga negro, que yo soy prieto”. Negar lo negro se convirtió en elemento normal en la vida del dominicano común. Pero hay que aclarar, que esa negación no llegó a tener la connotación de discriminación que hoy conocemos en la sociedad norteamericana. Fue algo más de percepción y no de confrontación, ya que, el que negaba el negro, él mismo era negro. Por eso, no hay cosa que sorprenda más a los extranjeros que conviven con dominicanos, el hecho del desdén por el negro. Un amigo ecuatoriano, que vivió en Santo Domingo, siempre me preguntaba con sorpresa, por qué el dominicano siendo un pueblo negro desdeña lo negro. Aunque parezca contradictorio para aquellos que desconocen la dinámica histórica dominicana esa es la realidad: es un pueblo predominantemente negro que dice que no es negro. Una contradicción que se sembró con una prédica sistemática por los que creyeron que la herencia hispana y blanca era o es el cordón umbilical de la cultura dominicana. Esa aberración creó su propia historia y hoy quiere ser borrada con aquello de que de ahora en adelante se aplicará la clasificación de “blancos, negros y mulatos”. Llevar a cabo esa tarea no será algo fácil para las autoridades. Por ejemplo, ¿Quien va a convencer a aquellos dominicanos que hoy se denominan “indios” o “indios claros” a aceptar ser llamados “mulatos” y no “blancos”?. Y los “indios oscuros”, ¿Aceptarán ser llamados “negros”? El que conoce bien al dominicano sabe, que esta conversión traerá sus agrias disputas y confrontaciones y al final, pocos serán los que quieran ser llamados “negros”. La historia no se borra tan fácil. Otra larga historia será necesaria para que lleguemos a aceptar lo que en realidad somos.
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