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Eran los años finales de los 1970s cuando tuve la oportunidad de visitar una de las playas de la parte Este de mi país, República Dominicana. Para ese entonces se había divulgado, que esas playas estaban siendo contaminadas por residuos de petróleo, debido a que tanqueros petroleros descargaban sus residuos en el Canal de la Mona, que separa a Puerto Rico de República Dominicana, y que las aguas marinas arrastraban esos residuos hasta nuestras playas.
Como consecuencia de esa práctica, y eso yo lo pude comprobar, el invisible petróleo embardunaba todos los pequeños objetos alrededor de la playa. Objeto que usted tocaba, objeto que dejaba una mancha negra en sus manos, como si usted estuviera trabajando en un taller de mecánica. Primera vez en mi vida que estoy dos días enfrente de una playa y no decido echarme un baño. Por tal motivo, la experiencia creó en mí un sentido de repugnancia hacia todo lo que se relacionara con contaminación de productos petroleros. Cuando ocurrió el desastre del Exxon Valdez en las costas de Alaska y que hasta ese momento fue considerado el mayor desastre de contaminación petrolera, pude palpar las graves consecuencias que ese tipo de incidente conlleva para el medio ambiente. Las escenas de las aves rescatadas envueltas en el negro mineral, no sólo causaban sensación de pena sino de rabia y condena por los que provocaron dicho desastre. Esa experiencia despertó la conciencia en muchos sectores de las funestas consecuencias que podía provocar un hecho parecido y cómo se debían establecer medidas para evitarlo de nuevo. Los gritos y protestas ocasionadas por el desastre de Alaska provocaron que se establecieran tímidas regulaciones concernientes a la industria petrolera. La presión del gran poder económico que representa esa industria y el apurado deseo de buscar alternativas a la dependencia del petróleo del Medio Oriente, pudo más que los reclamos. La industria siguió sus prácticas sin poner mucha atención a las reglas establecidas. Hay que saber que la industria cuenta con poderosos y dadivosos “lobbies” o traficantes de influencias, que hacen torcer voluntades en los alrededores de Washington. Eso, junto a los que proclaman que el gobierno no debe meter sus manos en los asuntos de los negocios, ha contribuido a que la industria petrolera haga lo que le venga en ganas y no se respeten las regulaciones. Es curioso que los abanderados de esta concepción sean los que hoy estén presionando al gobierno por lo que ellos llaman “falta de acción” en contra del desastre. Precisamente, el hecho de que los reguladores se hicieran de la vista gorda, fue uno de los motivos que causaron la trágica catástrofe que hoy padecen los estados de las costas del Golfo de México por la explosión de la plataforma petrolera de la compañía “British Petroleum”, conocida por las siglas BP. La citada compañía había sido penalizada con una multa de 87 millones de dólares por sus fallas en mantener medidas de seguridad en una refinería de su propiedad en el estado de Texas, donde murieron, por causa de una explosión, 16 trabajadores. Ese hecho también fue producto de las alegres concesiones que se hacen a las compañías que operan en los alrededores del golfo. Los millones de barriles de petróleo que han ido a parar al mar y sus playas después de la explosión, se considera el mayor desastre medio-ambiental conocido hasta ahora. Según los expertos, no se sabe cuántos años y qué costo se necesitarán para reparar el daño causado al ecosistema de las inmediaciones del golfo. Las escenas de los daños causados a la fauna son penosas. Cientos de aves cubiertas del negro petróleo han tenido que ser rescatadas para ser llevadas a centros habilitados para su limpieza. Aunque es una labor laudable, eso sólo resuelve una parte del problema, ya que, una vez limpias, ¿a dónde van a ir esas aves si su medio ambiente todavía está poluto y contaminado? Los daños a la flora marina todavía no han podido ser evaluados, pero se estima que serán graves y duraderos. El derrame petrolero, que todavía continúa, sigue invadiendo los linderos costeros expandiendo más y más su devastador desastre. Hay que contar entre los afectados los miles de hombres y mujeres que viven de la pesca y el negativo impacto que el hecho tendrá en la industria turística de la región de la que muchas gentes también dependen. El desastre debe de servir de ejemplo para que se detengan las alegres concesiones de explotación petrolera y se tomen las medidas de lugar para evitar un desastre similar. Si es cierto que es urgente evitar la dependencia del suministro de petróleo de fuentes extranjeras, eso no debe llevar a que se tomen medidas precipitadas en lo que a concesiones de explotación del mineral se refiere. Eso de conceder derechos de explotación no importando el lugar y sin tomar en cuenta las necesarias medidas de seguridad, hay que detenerlo para no volver a caer en la triste experiencia que hoy estamos viviendo. En ese sentido, el gobierno de la administración Obama debe establecer con firmeza las reglas de juego en lo que a concesiones de explotación de petróleo se refiere. No podemos permitir que se repita un desastre similar.
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