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Todos los presentes en la sala del Congreso escuchaban con atención las palabras del Presidente, que había convocado a los legisladores para explicar las reformas de su programa de salud. Mientras todos escuchaban con atención y respeto los puntos del primer mandatario, se oyó la voz fuerte del congresista Republicano, Joe Wilson, que interrumpió al Presidente y dijo: ¡Usted miente!
El hecho causó espanto y sorpresa, no solo a los presentes en el solemne acto, sino a los millones que escuchaban y veían a través de los medios al Presidente. La mayoría repudió la acción del congresista, catalogándola de infantil y totalmente fuera de lugar. Ante el repudio, no le quedó otra opción al legislador, que esconder la cabeza como la hicotea y luego sacarla, para pedir unas excusas, que fueron más forzadas que voluntarias. En los últimos 25 años no había visto ni oído algo semejante, al menos en la voz de un congresista y en una sesión de las Cámaras del Congreso con la presencia del Presidente. Pero, ¿por qué sucede eso ahora? La derrota política que sufrieron los Republicanos en las elecciones pasadas después de controlar el poder por dos períodos consecutivos, desarticuló su discurso político conservador, que dejó de tener sentido para un importante grupo de su constituyente, conduciendo a muchos de sus dirigentes a apelar a la emoción como instrumento de la lucha política. Es decir, comenzaron a poner lo emocional por encima de lo ideológico-político. Reflejo de eso, es el tono agresivo y emocional que ha tomado el debate político en los presentes momentos, sobre todo, el que se ha desarrollado en torno a los programas de reformas de la salud, presentados por el Presidente en las Cámaras Legislativas. El liderazgo político republicano ha sido tomado por asalto, tanto en la radio, la televisión y algunos medios escritos, por los manipuladores de la emoción, distorsionando el debate político, hasta tal punto, que el asunto de las reformas de salud ha pasado a lo racial y a la proclamación, de que las intenciones del Presidente es llevarnos al socialismo. La táctica, aunque errada, le ha dado sus frutos, ya que han llevado a muchos a poner atención en asuntos banales que nada tienen que ver con las reformas de salud que propone el Presidente. Como dije la otra vez, cuando traté el asunto, no sé a quién le cabe en la mente concebir que aquí, el centro del capital mundial, estén las condiciones dadas para instaurar el socialismo o algo que se le parezca. Cuando ese sistema político atraía la simpatía de los sectores desclasados, los estudiantes y grupos dentro de la intelectualidad, su avance aquí no fue más que un sueño. Concebirlo hoy como una posibilidad, ni siquiera cabe como treta en un cuento de hadas. Sin embargo, en las calles del país aparecen grupos levantando la bandera contra las reformas de salud como una amenaza de que Obama intenta instaurar un socialismo de estado. Las razones detrás de las reformas son puramente económicas y además, como muy bien lo expuso el Presidente, morales. El país no se puede dar el lujo de permitir que el gasto de salud siga escalando como hasta ahora. Por otro lado, millones de norteamericanos siguen sin seguro de salud y otros, cuyo número llega a 700,000, se tienen que declarar en bancarrota, debido a que no pueden pagar sus deudas de salud. Otros 22,000 norteamericanos mueren cada año a causa de enfermedades tratable porque carecen de seguro médico. Los que hoy se rebelan contra las reformas de salud acudiendo al miedo político del socialismo y como el legislador, con aquello de que “Usted miente”, le están haciendo un daño a las futuras generaciones. Los cambios en el sistema de salud aunque sean graduales, tienen que comenzar ahora, esperar más tarde será peor. La retórica vacía hay que echarla a un lado, empezando con aquellos que tienen el poder de decidir.
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